42,5 millones de euros

El problema que nadie quiere reconocer

Los clubes de baloncesto están bajo la lupa, y la cifra que estalla en los titulares es la misma: 42,5 millones de euros. Mira, la distribución de ese premio es un caos que arrastra a equipos medianos a la ruina y deja a los gigantes con la cabeza en el cielo.

¿De dónde sale esa cantidad?

Primero, la UEFA de baloncesto, que se cree la reina del espectáculo, asigna ese potro de dinero a los clubes que alcanzan la fase final. Aquí no hay trucos, es bruto: cada partido ganado suma, cada ronda que pasas te regala una parte. Pero, ¿qué pasa cuando el algoritmo de reparto favorece a los clubes con mayor masa mediática? Se crea una brecha tan profunda que los equipos con menos seguidores se quedan con migajas.

La lógica tras el cálculo

En teoría, la distribución se basa en un modelo de coeficientes: victorias, asistencias, puntos marcados. En la práctica, la fórmula está empañada por patrocinadores que prefieren la visibilidad. Por eso, los 42,5 millones no llegan equitativamente; se concentran en los gigantes del mercado, mientras que los medianos reciben una gota de lluvia en medio del desierto.

Impacto real en los equipos

Los clubes pequeños ven sus presupuestos mermar, no pueden fichar a jugadores de alto nivel y terminan en la zona de descenso. Los grandes, en cambio, invierten, contratan, y siguen dominando. Es una rueda que gira a favor de los que ya tienen la delantera. Y aquí está el punto: la competitividad de la liga se desploma.

Ejemplo concreto

Imagina al Club A, que llega a cuartos de final y recibe 5 millones. El Club B, eliminado en octavos, solo capta 0,5 millones. Esa diferencia de 4,5 millones determina si pueden renovar su estadio o no. La brecha es abismal, y la solución no está en la charla, sino en la acción.

Qué podemos hacer

Revisar el modelo de reparto. Implementar un sistema de “pool” que garantice un mínimo a todos los equipos que lleguen a la fase grupal. Obligar a la federación a publicar la fórmula exacta, sin filtros, para que la transparencia sea la regla, no la excepción.